EL SECRETO DE LA TERNURA

 26 de Abril, 2016

El Pontífice los invitó a acoger la llamada del Señor a ser discípulos del Señor y les ofreció una serie de consejos.
 
“Su felicidad no tiene precio y no se negocia; no es un “app” que se descarga en el teléfono móvil: ni siquiera la versión más reciente podrá ayudarlos a ser libres y grandes en el amor”, señaló.
 
«La señal por la que conocerán todos que son discípulos míos será que se amen unos a otros» (Jn 13,35).

Ante todo, amar es bello, es el camino para ser felices. Pero no es fácil, es desafiante, supone esfuerzo. Por ejemplo, pensemos cuando recibimos un regalo: nos hace felices, pero para preparar ese regalo las personas generosas han dedicado tiempo y dedicación y, de ese modo, regalándonos algo, nos han dado también algo de ellas mismas, algo de lo que han sabido privarse.

En efecto, amar quiere decir dar, no sólo algo material, sino algo de uno mismo: el tiempo personal, la propia amistad, las capacidades personales.

Queridos chicos y chicas, a su edad surge en ustedes de una manera nueva el deseo de quererse y de recibir afecto. Si van a la escuela del Señor, les enseñará a hacer más hermosos también el afecto y la ternura. Les pondrá en el corazón una intención buena, esa de amar sin poseer: de querer a las personas sin desearlas como algo propio, sino dejándolas libres.

Si escuchas la voz del Señor, les revelará el secreto de la ternura: interesarse por otra persona, quiere decir respetarla, protegerla, esperarla.

En estos años perciben también un gran deseo de libertad. Muchos les dirán que ser libres significa hacer lo que se quiera. Pero en esto se necesita saber decir no.

La libertad no es poder hacer siempre lo que se quiere: esto nos vuelve cerrados, distantes y nos impide ser amigos abiertos y sinceros; no es verdad que cuando estoy bien todo vaya bien.

En cambio, la libertad es el don de poder elegir el bien. Es libre quien elige el bien, quien busca aquello que agrada a Dios, aun cuando sea fatigoso. Pero sólo con decisiones valientes y fuertes se realizan los sueños más grandes, esos por los que vale la pena dar la vida.

El amor es el don libre de quien tiene el corazón abierto; es una responsabilidad bella que dura toda la vida; es el compromiso cotidiano de quien sabe realizar grandes sueños.
El amor se alimenta de confianza, de respeto y de perdón. El amor no surge porque hablemos de él, sino cuando se vive; no es una poesía bonita para aprender de memoria, sino una opción de vida que se ha de poner en práctica.

¿Cómo podemos crecer en el amor? El secreto está en el Señor: Jesús se nos da a sí mismo en la Santa Misa, nos ofrece el perdón y la paz en la Confesión.

Allí aprendemos a acoger su amor, hacerlo nuestro, y a difundirlo en el mundo. Y cuando amar parece algo arduo, cuando es difícil decir no a lo que es falso, miren la cruz del Señor, abrácenla y no dejen su mano, que les lleva hacia lo alto y les levanta cuando caen.
En la vida, siempre se cae porque somos pecadores, somos débiles, pero está la mano de Jesús, que nos levanta. ¡Jesús nos quiere en pie! Esa palabra hermosa que Jesús dijo al paralítico: '¡Levántate!'. Dios nos ha creado para estar en pie.

Tener el coraje de levantarse, de dejarse alzar de la mano de Jesús y esa mano muchas veces viene de la mano de un amigo, de los padres, de aquellos que nos acompañan en la vida. Dios les quiere en pie, siempre en pie.

Hagan como los campeones del mundo del deporte, que logran metas altas entrenándose con humildad y todos los días. Que su programa cotidiano sea las obras de misericordia:

Entrénense con entusiasmo en ellas para ser campeones de vida. Así serán conocidos como discípulos de Jesús. Y su alegría será plena.

 

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