¡Alégrate, María, mujer que nos interpelas a amar como el Señor nos ha amado!

 07 de Noviembre, 2013

Autor: Cristóbal Núñez
Encargado de contenidos - Vicaría Esperanza Joven

Este viernes 8 de noviembre iniciamos el mes de María. Mes en el que con especial fervor dirigimos nuestra mirada a María, madre de Dios y madre nuestra, quien amando y siendo fiel a la voluntad del Padre nos enseña cada día a ser auténticos discípulos y misioneros del Señor. Muchos hermanos nuestros se preguntan en qué se sustenta tan especial veneración a la Virgen María. Sin duda es lícito preguntarse, sobretodo hoy, ad portas de este mes bendito, ¿Cuál es la razón de la especial presencia de María en el culto cristiano?

Podemos partir aventurando que el culto de María surge en la Iglesia de modo distinto que el de los demás santos. El culto a los santos tiene su génesis en el recuerdo de su martirio o vida que ha sido testimonio potente del Evangelio. Mientras que el de María nace en la celebración misma del misterio de Cristo:

El verbo se encarnó en María quien a temprana edad reconoció que la voluntad propia no era otra sino la mismísima voluntad de Dios Padre; Jesús vivió su infancia dependiendo de su madre; el primer signo (en Caná) lo realiza porque ella se lo pide; ella acompaña al torturado y crucificado Hijo, y allí, al pie de la cruz, es dada como Madre a toda Iglesia en el discípulo amado; también, es la madre de Jesús quien acompaña a los Apóstoles el día de Pentecostés. Podemos concluir que la razón de la veneración a la Bienaventurada Madre de Dios es justamente el lazo indisoluble con Él que está unida a la obra salvadora de su Hijo (Cf. SC 103). Más, ¿Qué significa, concretamente, venerar y orar a nuestra Madre?

Se desprende de lo anterior que como cristianos tenemos la convicción fundamental de que Jesucristo es el verdadero y único Mediador de la salvación. Es entonces que toda oración y mirada que se dirige a María, tiene un único objetivo: llegar a Cristo por su madre. La piedad mariana ha de conducir a los creyentes a Cristo, ese Dios que despojándose de sí mismo asumió la condición humana en la humildad de la carne, ese Dios cercano a toda la gente de la calle, ese Dios que ha querido identificarse con los últimos, con los pobres. Por tanto, si bien no son los Ave María, ni los Rosarios, ni siquiera los Padre Nuestro los que nos “salvarán”, sino Jesucristo. Ciertamente, la oración si nos llevará a tener una más auténtica conciencia de la acción de la gracia de Dios en nuestras vidas y con ello ser mejores oyentes de su palabra para que se haga en nosotros su voluntad.

Nuestra Madre no vacila en alabar a Dios recordándonos la fidelidad y la misericordia de un Padre creador que no se ha desentendido de su creación, por eso dice: “Acogió a Israel… acordándose de su misericordia…” y más aún, añade:
“Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes.
A los hambrientos los colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada” (Lc 1, 51-53.)

María nos interpela, nos remueve y nos invita a vivir el Evangelio: Con sus palabras y acciones nos insiste en a amar como el Señor nos ha amado.

Reconociéndonos hijos en el Hijo oremos con devoción a nuestra Madre repitiendo hoy el saludo que el Ángel del Señor hizo a la joven Virgen María hace ya más de dos mil años:

“Alégrate María, llena de gracia, el Señor está contigo…”

 

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