Pentecostés, ¡cumplimiento de una promesa! Y ¿de qué promesa se trata?

 17 de Mayo, 2013

Por: Hna. Teresa Sánchez Ortiz, F.Sp.S.
Equipo de Pastoral Juvenil, zona oriente.

San Juan, en su evangelio nos recuerda que se trata de la promesa de Jesús. Él mismo, antes de partir, hace a sus discípulos la siguiente promesa: “…el Consolador, El Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, hará que recuerden lo que yo les he enseñado y les explicará todo… él dará testimonio de mí. Ustedes mismos serán mis testigos…” (Jn. 14,26 . 16,26-27).

Los apóstoles y discípulos de Jesús no explican qué es Pentecostés. Después de la Resurrección de Jesús, su vida se vuelve un Pentecostés perenne, dejan que la Promesa de Jesús se apodere de sus vidas, convirtiéndose en memoria provocativa de Jesús de Nazaret, testigos de Jesús Resucitado. La experiencia del Espíritu Santo los transforma totalmente, Pentecostés marca un antes y un después en sus vidas, de ser unos hombres miedosos (Jn 20,19), pasan a enfrentarse a la multitud anunciándoles que Dios ha resucitado a Jesús (Hch 2,14); de hombres conformistas ante la decisión del gobierno que mató a Jesús (Lc 24,20), pasan a tomar una postura valiente ante las autoridades diciéndoles “que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. (Hch 5,29); de la negación del amigo, recordemos como Pedro niega a Jesús ante una sirvienta (Lc 22,56), pasa con la fuerza del Espíritu a dar testimonio valiente de JESÚS ante una multitud (Hch 2,32).

Si hoy volvemos la mirada hacia los cristianos del siglo XXI, es decir hacia nosotros que nos consideramos discípulos misioneros de Jesús ¿podríamos afirmar que vivimos un verdadero Pentecostés donde la Promesa de Jesús se ha apoderado de nuestras vidas?
¿Qué enseñanzas de Jesús necesitamos que el Espíritu Santo nos recuerde de manera especial en este contexto social de elecciones presidenciales y en el año de la fe? Si la fe, como dice Benedicto XVI, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo…, abre el corazón y la mente de los que escuchan para acoger la invitación del Señor a aceptar su Palabra para ser sus discípulos. (Porta Fidei No. 7.).

Los discípulos y las discípulas de Jesús, estamos llamados a vivir la fe en nuestro contexto social, animados por el Espíritu Santo. En una sociedad consumista, creo que nos haría bien que el Espíritu Santo, amor recibido y comunicado del Padre, nos recuerde, que mientras nosotros acumulamos bienes, hay otros que tienen hambre porque no hemos construido aún las estructuras sociales, económicas y políticas que “les den de comer” a todos (Mt 25, 35). Nos ayudaría también, para vivir nuestro discipulado misionero, recordar que frente a la apatía social, el camino que nos ofrece Jesús es el de la compasión del Buen Samaritano (Lc 10,25-37) que nos impulsa a acercarnos a nuestros hermanos caídos al borde del camino, despojados de la oportunidad de trabajo, vivienda, atención médica dignas, de acceso a una educación de calidad y a un transporte público decente. Frente al narcisismo cultural, sería muy saludable que el Espíritu nos recuerde que en el camino del Evangelio estamos llamados a empequeñecernos por amor, entregando nuestra vida en gratuidad como lo hizo Jesús al lavar los pies a sus discípulos (Jn 13,12-13) y al entregar su vida para la vida de todos (Lc 22, 18-20.

Pero, en lo cotidiano de nuestra vida ¿qué necesitamos que nos recuerde el Espíritu? Miremos nuestra vida, nuestras relaciones familiares, de amistad, de pololeo, nuestros compromisos escolares, laborales, pastorales y sociales y dejemos que en este Pentecostés el Espíritu nos recuerde aquello que hoy tenemos que hacer para vivir como verdaderos testigos de Jesús Resucitado.

 

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